El amor o el misterio de encontrar piedras en los bolsillos

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Llevo varios días encontrándome piedras en los bolsillos de mi abrigo. A cualquier persona le parecería extraño, sin embargo, mi primer pensamiento al rozarlas con los dedos las mañanas de frío en las que meto las manos en los bolsillos es: Zoe.

Entonces una sonrisa se dibuja en mi cara y empiezo el día con el corazón bien rojo (como dicen en una de mis películas favoritas). Y es que mi hija recoge piedras en el patio de su colegio para mí. Lleva haciéndolo varias semanas. Las elige, se las guarda y a la salida del colegio las mete en mi bolsillo diciendo “esta para ti”. También recoge piedras para su padre y para ella misma.

Podríamos pensar “¿otra piedra más?, ¡no lo aguanto! Toda la casa llena de piedrecitas. ¡A la basura!”, pero la realidad es que, a mí, me hace especial ilusión. La sola idea de imaginar a mi hija escogiendo con cuidado el regalo que encuentra a su alcance día a día para mí, guardándolo en sus bolsillos como el mayor tesoro hasta la hora de la salida y su cara inocente al verme, llena de amor y nervios mientras me dice “tengo una cosa para ti, mamá” hace que mi corazón bombee diferente. Estos detalles aportan realidad a mi vida. Me llenan de amor.

Esto es el amor: encontrar piedras en mis bolsillos.

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La Navidad es una fiesta preciosa porque festeja la maternidad.

Ya es Navidad y vuelven, como cada año, las sensaciones de emoción, nervios, encuentros, se respira la magia…

No soy creyente, nunca lo he sido. No sigo ninguna religión. No he hecho la comunión ni la confirmación. Estoy bautizada por pura presión familiar y cultural pero nunca fui a clase de religión ni catequesis. Cuando asisto a una ceremonia religiosa no sé seguir las oraciones ni los himnos. No me he casado por la iglesia (ni por lo civil). No me he leído la biblia. No celebro jamás los “santos” de las personas que conozco, de hecho no sé ni cuándo son…

Sin embargo la Navidad me parece una fiesta preciosa.

Me quedo con la grandiosidad de que el nacimiento de un bebé sea motivo de festejo de una importantísima parte del planeta. Me encanta la idea de que una mujer encontrara un pesebre a mitad de la noche, con la ayuda de su compañero (la Doula perfecta) y sin más compañía que la mirada oscura de dos animales robustos que aportaron el calor necesario para esos primeros momentos. Imagino un parto intenso, precipitado, íntimo y lleno de amor. María sosteniendo a su hijo Jesús al nacer y colocándoselo sobre el pecho, y un atento José cubriendo con sus ropajes a madre e hijo mientras le propina a su compañera un beso en todos los morros. El bebé trepando por el torso desnudo de su madre hasta engancharse al pecho con una perfecta competencia innata de supervivencia.

Después de un tiempo de intimidad, de soledad familiar, empezarían a llegar pastores de la zona ofreciendo comida y enseres a la recién parida y José les recibiría entre susurros para no romper la magia del momento.

Descanso en la huída a Egipto. (Francisco de Zurbarán)

Descanso en la huída a Egipto. (Francisco de Zurbarán)

Quizás se empezaría a correr la voz, como ocurre en las pequeñas pedanías, y la gente relacionaría la claridad de la noche con el milagro de la naturaleza. Dirían “una estrella ilumina el pesebre donde ha nacido el niño”. El acontecimiento llegaría después a las aldeas cercanas y luego a las lejanas y se propagaría la noticia (exagerada y con mil matices de realismo mágico) mucho más allá hasta llegar a Oriente donde tres viejos astrónomos, tras escucharla, decidirían viajar al lugar donde la gente decía que una estrella brillaba más que ninguna para marcar el lugar del nacimiento de un bebé. Los astrónomos llevarían presentes valiosos a la familia para compensar la intromisión pero  María y José les recibirían con gratitud y el pequeño Jesús regalaría sonrisas a todo aquel que quisiera conocerle.

Desde aquellos días hasta hoy se repite la tradición de festejar su llegada al mundo. Y es que el nacimiento de aquel bebé, que podía ser el de cualquiera en realidad, es motivo de celebración. Un nacimiento hace que paremos, que conectemos con nuestra naturaleza, con nuestro instinto primario, hace que nos miremos a los ojos (profundamente), que nos volvamos a oler, a tocar, a sentir de la forma más primitiva… Dar vida es un regalo que nos transforma y al mismo tiempo nos conecta con algo antiquísimo.

¡Feliz Navidad! Seas quien seas, estés donde estés.

Un año de amor

¿Quién me hubiera dicho que hace un año decidirías nacer? ¿Cómo imaginar que a estas horas estaría inmersa en el “planeta parto”, llamándote sin hablar, bailando todo mi cuerpo para honrar tu llegada? ¿Quién hubiera adivinado que tu pelo, al nacer, asomaría de color naranja?… Hoy es tu primer cumpleaños y este tiempo compartido a tu lado ha sido lo más intenso que he vivido hasta ahora, hija.

Parto en casa

Hace justo un año te estaba pariendo en la cama de mi habitación, en nuestro hogar, mientras el primer sol de primavera asomaba con fuerza entre los pliegues de las cortinas naranjas. Hace justo un año encontraste el camino hasta mis brazos y no he dejado de abrazarte hasta el día de hoy. Es cierto que en algún momento a tu lado parecía que el tiempo no acababa de pasar, momentos duros, sí; pero hoy me parece todo fugaz, un suspiro y tiemblo al pensar que me perderé cosas de tu vida, que en el momento menos pensado me sentiré menos importante para ti de lo que soy ahora. Pero es “ley de vida”, tu eres un ser independiente y valioso que debe caminar su senda. Hoy lo siento así. Lo veo claro. Ya eres “alguien”. Se empieza a esbozar tu carácter, tus rasgos, tu temperamento… Espero haber sembrado en ti, aunque sea, una ínfima parte de lo que tú has sembrado en mí. Desde que naciste soy mejor persona, Zoe. Ojalá que este tiempo haya marcado en positivo tu mente para enfrentarte al mundo con ilusión y entereza.

¿Cómo medir un año contigo? Quizás en…

  • 4 estaciones de color naranja.
  • 12 meses de conocimiento y reconocimiento mutuos.
  • 52 semanas de miradas profundas que atraviesan el alma.
  • 365 noches de colecho, durmiendo una junto a la otra, compartiendo nuestros sueños.
  • 8.760 horas en las que se han entrelazado el dolor y el amor hasta el punto de confundirlos.
  • 525.600 minutos de lactancia a demanda, con sus luces y sombras, hasta establecer nuestro idioma, nuestra danza perfecta.
  • 1.892.160.000 segundos de aprendizaje continuo y constante por ambas partes.

¿Quizás en amor? Eso es, amor del bueno, del puro. Un año entero donde el amor ha regido sobre toda fuerza extraña, sobre toda emoción y pensamiento. Ahora no puedo creer que hayamos recorrido juntas un año entero, me parece un sueño. Pero es real, soy madre.

Soy tu madre. Y tu eres mi hija. ¡Qué suerte!

Para ti esta canción, mi niña. “Seasons of Love” del musical Rent. Porque quizás este año se puede medir con canciones de amor como esta. Te quiero.

Cuando todos los días son San Valentín

Sabéis a qué me refiero, ¿verdad?

Mariposas en el estómago, una cara de tonta continua, pensar que el mundo es un lugar seguro y maravilloso, sentirte en conexión con el universo… ¡Exacto! Te has enamorado. Cuando te encuentras en este estado de plenitud, todos los días son “de los enamorados”. Yo vivo ese momento ahora. Decidí tomarme un año de excedencia en mi trabajo para vivir mi historia de amor a tope. Disfrutando cada día de mi cachorra, de mi cría, el ser más grande que conozco en el cuerpo más pequeño. Y cada día nuestro amor crece, llena el ambiente de color naranja, crea raíces más profundas en nuestros corazones, cubre cada hueco vacío que se encuentra…

Dicen que el amor de/por un hij@ es algo indescriptible, “otra cosa”, va más allá, está fuera de todo lo conocido… Yo creo que es el amor más puro, más sincero. No hay trampa. Es simple.

Te amo y punto. Te amo sin barreras. Te amo sin juicios ni prejuicios. Te amo sin condiciones. Te amo sin necesidad de recibir amor a cambio. Te amo sin sentimentalismos. Te amo con todo lo que eres y con todo lo que soy. Te amo por siempre jamás. Te amo sin dudas. Te amo sin paternalismo. Te amo entera. Te amo cada cachito. Te amo sin reloj. Te amo aquí y en todas partes, cerca y lejos. Te amo sin costumbre. Te amo libre. Te amo desde mis entrañas. Te amo a lo kamikaze. Te amo sin trampa ni cartón. Te amo sin miedo. Te amo sin cadenas. Te amo por todo lo alto y a ras del suelo. Te amo y te re-amo. Te amo sin excusas… Te amo y punto.

Para que me entendáis mejor cada día suena en mí una de mis canciones favoritas. Aquí os la dejo para que os enamoréis una y otra vez.

Para mí desde que nació mi hija, el mundo es un lugar amable donde quedarse a vivir. No voy a hacer maletas. Aquí me quedo. A tu lado. Viviendo el amor día a día. Dejándome impregnar por tu luz. Siguiéndote orgullosa de saber que elegí el mejor camino.

Te amo Zoe.

Amor infinito

¡Feliz día del amor a tod@s!